lunes, 29 de marzo de 2010

La Dopamina :La Atraccion Segun Robin Norword

 Codependencia
"Mujeres que, supuestamente, tienen todo lo necesario en la vida (un marido, una casa, un trabajo y expectativas cercanas de tener hijos) comienzan a sentirse vacías. y no encuentran sentido a esa vida"

Adicción" es una palabra que asusta.

Evoca imágenes de consumidores de heroína que se clavan agujas en los brazos y llevan una vida obviamente autodestructiva. No nos agrada la palabra y no deseamos aplicar el concepto a nuestra forma de relacionarnos con los hombres. Estamos llenas de miedo: miedo a estar solas, miedo a no ser dignas o a no inspirar cariño, miedo a ser ignoradas, abandonadas o destruidas.

Damos nuestro amor con la desesperada ilusión de que el hombre por quien estamos obsesionadas se ocupe de nuestros miedos. Y por medio de esa atracción nos dañamos más, porque gran parte de aquello hacia lo cual nos vemos atraídas es una réplica de lo que vivimos mientras crecíamos.

En presencia de un hombre amable, considerado y realmente interesado ; al igual que todas las mujeres , nuestra habilidad para relacionarse esta preparada para los desafíos, no para disfrutar simplemente la compañía de un hombre. Si no tenemos que maniobrar y manipular a fin de mantener una relación, nos resulta difícil relacionarnos con un hombre, sentirnos cómoda con él.

Una mujer está acostumbrada a los rasgos y conductas negativos, y se siente más cómoda con ellos que con sus opuestos . El acto sexual, cuando es muy gratificante en el aspecto físico, tiene el poder de crear lazos profundamente sentidos entre dos personas. En especial para las mujeres , la intensidad de nuestra lucha con un hombre puede contribuir a la intensidad de nuestra experiencia sexual con él y, por consiguiente, al vínculo que nos une a él. Y la inversa también es verdad.

Cuando nos relacionamos con un hombre que no es un desafío tan grande, es posible que a la dimensión sexual le falte fuego y pasión. Debido a que no estamos en un estado casi constante de excitación por él, y a que el sexo no se usa para demostrar nada, es probable que una relación más fácil y tranquila nos resulte algo insulsa.

Debido al desafío de intentar cambiar a alguien a fin de ganar afecto o aprobación reprimidos, tal vez simplemente nos sintamos aburridas con la gente más sana. De esta manera, un hombre cruel, indiferente, deshonesto o difícil en otros aspectos se convierte, para las mujeres, en el equivalente de una droga, y crea así un medio de evitar sus propios sentimientos, en la misma forma que el alcohol y otras sustancias que alteran el estado de ánimo crean en los drogadictos una vía de escape temporaria, de la que no se atreven a separarse.

¿Cómo hacen las mujeres para encontrar a los hombres con quienes pueden continuar los patrones perjudiciales de relación que desarrollan en la niñez?

No es tan cierto que la pareja que elegimos sea igual a mamá o a papá, sino que con esa pareja podemos sentir lo mismo y enfrentar los mismos desafíos que encontramos al crecer: podemos repetir la atmósfera de niñez que ya conocemos tan bien, y utilizar las mismas maniobras en las que ya tenemos tanta práctica. Nos sentimos en casa, cómodas, exquisitamente "bien" con la persona con quien podemos hacer todos nuestros movimientos conocidos y experimentar todos nuestros sentimientos conocidos.

Aun cuando los movimientos nunca hayan dado resultado y los sentimientos resulten incómodos, son lo que conocemos mejor.De hecho, cuanto más dolorosa haya sido la niñez, más poderoso será el impulso de recrear y dominar ese dolor en la adultez.

Si una criatura ha experimentado cierto tipo de trauma, éste volverá a aparecer una y otra vez como tema de sus juegos hasta que haya cierta sensación de haber llegado a dominar la experiencia.

Una criatura que debe someterse a una operación quirúrgica, por ejemplo, puede recrear el viaje al hospital usando sus muñecas u otros juguetes; puede convertirse en el médico en un juego y en el paciente en otro, hasta que el miedo ligado al acontecimiento disminuye lo suficiente. Como mujeres , nosotras hacemos algo muy parecido: recreamos y volvemos a experimentar relaciones infelices en un intento de hacerlas manejables, de dominarlas. De aquí se deduce que en realidad no hay casualidades en las relaciones.

Cuando una mujer cree que inexplicablemente "tuvo que casarse" con cierto hombre, alguien a quien jamás habría elegido deliberadamente como esposo, resulta imperativo que ella examine por qué eligió una relación íntima con ese hombre en particular, por qué corrió el riesgo de quedar embarazada de él.En realidad ella sí eligió, aunque en forma inconsciente, y a menudo con gran conocimiento sobre su futura pareja aun desde el principio.

Negar esto es negar responsabilidad por nuestras decisiones y nuestra vida.

Pero ¿cómo lo hacemos? ¿Cuál es exactamente el misterioso proceso, la fascinación indefinible que enciende la chispa entre una mujer y el hombre que la atrae?

Si replanteamos la pregunta en otra forma -¿Qué señales se encienden entre una mujer que necesita ser necesitada ?¿O entre una mujer que se define como víctima ?

¿O una mujer que necesita controlar ?, entonces el proceso comienza a perder parte de su misterio.Porque hay señales definidas, indicios que son enviados y registrados por cada uno de los participantes del "baile".

Cabe recordar que en cada mujer hay dos factores en juego:

1) el hecho de que sus patrones conocidos concuerden con los de él como una llave en una cerradura; y
2) el impulso de recrear y vencer los patrones dolorosos del pasado.
Cuando estamos atraídas, es porque tratamos de vencer los viejos miedos, enojos, frustraciones y dolores de la niñez.

Esta emocionante posibilidad de rectificar viejos errores, de recuperar el amor perdido y de ganar una aprobación reprimida es lo que, para las mujeres, constituye la atracción inconsciente que subyace al hecho de enamorarse.

Es también por eso que, cuando entran en nuestra vida hombres que se interesan por nuestro bienestar, nuestra felicidad y nuestra realización personal, y que presentan la verdadera posibilidad de una relación sana, por lo general no nos interesan.

Y no nos equivoquemos; esa clase de hombres sí entran en nuestra vida. … hombres a quienes describimos como "realmente agradables... tan amables... de verdad se preocupaban por mí..." Entonces, por lo general, viene la sonrisa irónica y la pregunta: "¿Por qué no me quedé con él?"A menudo somos capaz de responder esa pregunta enseguida: "Por alguna razón nunca me entusiasmó tanto. Supongo que era demasiado agradable, ¿no?".

A los hombres así los dejamos de inmediato o los ignoramos, o, en el mejor de los casos, los relegamos a la categoría de "sólo amigos". A veces estos hombres permanecen en la categoría de "amigos" durante muchos años.

Eso se debe a que, para nosotras, lo que debiera hacemos sentir mal ha llegado a hacemos sentir bien y lo que debiera parecernos bueno ha llegado a parecemos extraño, sospechoso e incómodo.

Hemos aprendido, a través de una prolongada y estrecha asociación, a preferir el dolor.

Un hombre más sano y cariñoso no puede tener un rol importante en nuestra vida.

Las mujeres hacen esas elecciones impulsadas por una necesidad de controlar a quienes están más cerca de ellas.

En el peor de los casos, las mujeres somos adictas a las relaciones, "hombreadictas" intoxicadas de dolor, miedo y anhelo.

Cada vez más solas y aisladas, es posible que nos desesperemos por el consuelo que parece prometer una relación con un hombre.

Como nos sentimos pésimamente con nosotras mismas, queremos un hombre que nos haga sentir mejor.

Como no podemos queremos, necesitamos que él nos convenza de que somos dignas de ser amadas.

Incluso nos decimos que con el hombre adecuado no necesitaremos tanta comida, tanto alcohol o tantas drogas.

Utilizamos las relaciones de la misma manera en que utilizamos nuestra sustancia adictiva: para alejar el dolor.

Cuando una relación nos falla, recurrimos con mayor frenesí a la sustancia de la que hemos abusado, nuevamente en busca de alivio.

Al mismo tiempo que ese hombre nos decepciona y nos falla, nos volvemos más dependiente de él en lo emocional.

Muy pronto ese hombre se convierte en la fuente de todas las cosas buenas en nuestra vida.

Robin Norwood (Escritora /Psicóloga Norteamericana.)

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