jueves, 14 de julio de 2011

La Necesidad de Tener Razon

"¿Queremos tener la razón o queremos ser felices? Cuando sabemos quiénes somos, ya no necesitamos sacar uñas y dientes para defendernos. Por ejemplo, sí somos altos y nos insultan por chaparros, no podemos sentirnos agraviados porque no tienen que ver con nuestra realidad. Igualmente con las partes más frágiles de nuestra personalidad no tenemos que engancharnos cuando un comentario toca una herida, hay que dejarlo pasar. Vivir en batalla no garantiza vencer. ¿Cuántas amistades, relaciones, negocios, clientes, colegas hemos perdido en nombre de querer tener la razón? ¿Hasta dónde es importante convencer a los demás y hacer valer nuestra opinión? y ¿Hasta dónde nuestra ceguera sólo distingue una discusión como algo de vida o muerte?"






Enumeremos rápidamente y sin demasiados detalles las situaciones diarias en nuestra convivencia donde comenzamos con una inocente charla que en un rato se torna en una plática subida de tono hasta terminar en una abierta discusión. El número que obtengamos de este listado, además de tener doble dígito, nos indica que estamos acostumbrados a vivir en ambientes de debate, pleito, arrebatos de palabra e interrupciones para pelear por ganar una discusión. Nuestra cotidianidad generar estrés por el desgaste y agotamiento que requiere el sostener un combate ideológico constante. Cada vez que se presenta una disputa para lograr ser quien aporta la mejor opinión nos mantenemos en tensión.

Somos tan versátiles que abarcamos desde trivialidades hasta temas prohibidos y complejos como la política, religión y sexo para sacar nuestras armas letales y acribillar hasta las últimas consecuencias a nuestro rival en la lucha por tener la razón.

Es como si el tiempo transcurriera en vano, ayer éramos los niños frente a la maestra levantando la mano para responder correctamente y hoy somos esos mismos niños en salas de juntas tratando de impresionar al jefe dándole el dato o la información adecuada durante la reunión. En ambos casos, nuestra actitud es una pena pues no hay aprendizaje, pero en el caso de la escuela podemos argumentar que así eran las reglas, en cambio, ahora que estamos supuestamente más maduritos ¿cómo es posible que le permitamos a nuestro desesperado ego inflarse a costa de evidenciar la ignorancia de los compañeros y dejar en claro nuestra supuesta superioridad? Algo anda mal.

¿Qué es eso de levantar la mano para dar respuestas correctas? La vida no es un examen. Vaya adopción de conductas del condicionamiento educativo que elegimos perpetuar. Por el contrario ¿cuántos hemos tenido el valor para levantarnos a preguntar lo que no sabemos ó no entendemos?, ¿cuántos promovemos un aprendizaje que nos lleve a formular mejores preguntas para ampliar nuestra visión?

Hoy por hoy en nuestra cultura la competitividad tiene un papel protagónico causando que nuestro sistema de creencias arraigue ideas confusas como: “ser el primero”, “contestar bien” ó “estar en lo correcto” sean lo único válido para obtenemos reconocimiento externo. No hemos reflexionado sobre las implicaciones que tienen tantos desgastes al sometemos y esclavizarnos a atender dichas premisas por necesidad o necedad.

Querer tener la razón a toda costa genera un impacto en nuestras vidas nada positivo, sin embargo ¿por qué es tan importante continuar persiguiendo el veredicto de “la razón” frente al otro? Sencillo. El pensamiento, cuya estrechez mental todavía concibe la vida en polaridad: lo bueno y lo malo; blanco y negro; ganador y perdedor; acierto y error, únicamente tiene la posibilidad determinista que; si tú estás bien, entonces, yo estoy mal y eso no lo puedo permitir.

Admitir que estoy mal, no es sinónimo de cometer una equivocación sino que implica que yo cómo persona estoy mal, o sea yo soy malo, o yo soy defectuoso. Admitir lo anterior es duro pues atenta contra nuestra integridad conectándonos con nuestra profunda vergüenza. De ahí que escogemos seguridad por encima de la evolución. Preferimos engancharnos con los juicios que condenan, devalúan, sentencian para provocar que el otro esté mal y yo bien, porque así, fantaseo que me apruebas y que soy bueno.

Bajo esta codependencia social las preguntas son ¿cómo transformar nuestra necedad de combatir en las discusiones por una apertura mental que nos ayude a trascender?, ¿cómo transformar nuestra necesidad de autoafirmación sin destruir al otro? Lo primero es cambiar el sentido de competir por el de compartir. Necesitamos fomentar el respeto por nosotros y por los demás. Hacer un llamado a nuestra tolerancia para considerar que ambos podemos tener puntos de vista antagónicos sin que ninguno posea la verdad absoluta, así dejaremos de estar al pendiente de no equivocarnos ó contestar algo incorrecto.

Robert T. Kiyosaki en su libro Padre rico, padre pobre dice: “Alguien que critica y no analiza, permite que sus dudas y miedos cierren su mente en vez de abrir sus ojos”. Podemos elegir disminuir nuestro cinismo lleno de crítica, podemos quitarle fuerza a nuestra ignorancia, podemos cambiar la violencia de nuestros ataques para permitir que nuestra sabiduría haga una pausa y busque caminos nuevos. Nuestra mente puede ser tan ilimitada o estrecha cómo decidamos.

Es buen momento para encontrar respuestas diferentes como crear un paréntesis en la discusión que nos ayude a integrar y digerir la información nueva para reflexionar cómo incorporarla a nuestra ideología sin que disparemos flechas de agresión que refutan cualquier argumento.

Sería genial cambiar el boliche por el ping pong en los debates. En lugar de ir con la pesada bola que derriba todos los pinos, abrir una mesa de ping pong con una ligera pelota de ideas que permita el intercambio. Sería también maravilloso responsabilizarnos y no reaccionar. No darle importancia si es nuestro jefe, nuestro colega o nuestra pareja, no necesitamos hacer picadillo sus ideas pese a que nos sintamos atacados, podemos confiar en nuestra inteligencia y mantenernos en el compartir ideológico libre de provocación.

¿Queremos tener la razón o queremos ser felices? Cuando sabemos quiénes somos, ya no necesitamos sacar uñas y dientes para defendernos. Por ejemplo, sí somos altos y nos insultan por chaparros, no podemos sentirnos agraviados porque no tienen que ver con nuestra realidad. Igualmente con las partes más frágiles de nuestra personalidad no tenemos que engancharnos cuando un comentario toca una herida, hay que dejarlo pasar. Vivir en batalla no garantiza vencer.
¿Cuántas amistades, relaciones, negocios, clientes, colegas hemos perdido en nombre de querer tener la razón? ¿Hasta dónde es importante convencer a los demás y hacer valer nuestra opinión? y ¿Hasta dónde nuestra ceguera sólo distingue una discusión como algo de vida o muerte?

Nuestra conciencia hoy más que nunca tiene la capacidad para hacer a un lado los sentimientos de fracaso e inferioridad. Nosotros podemos cambiar nuestra cultura, costumbres e ideología. Orientémosla a la cooperatividad lejos de la competitividad, unidos podemos darnos el regalo de que sea nuestra grandeza, la que deja huella.

Fuente:http://www.mundoejecutivonews.com/index.php?option=com_content&view=article&id=653:necedad-o-necesidad-de-tener-la-razon&catid=108:opinion&Itemid=291



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